DICIEMBRE|2019
#10
ISSN: 2362-3918
Efectos de transmisión
Entrevista a Angélica Marchesini (EOL)
AE (2016-2019)

Angélica Marchesini

El Caldero: ¿Qué podría decir de su caso en lo que hace a la continuidad/discontinuidad entre el final de análisis y la demanda de Pase?

Angélica Marchesini: El paso del final de análisis a la demanda de pase supuso una apuesta. Entre el análisis y el pase ubico una discontinuidad: por un lado, viví con entusiasmo los efectos de consentir a alojar lo vivo de la transmisión. Por otro, el momento del final dio lugar a la tristeza. Ése fue un tiempo de duelo, momentos del fin del proceso en los que algo me retenía y hacía que no pudiera dejar a mis analistas. Finalmente, uno termina cayendo en la cuenta de aquello que trataba de negar y se reconoce en eso. La lógica del goce se revela allí con claridad, lo que conduce a una reconciliación, que conjuga en igual medida alivio y tristeza.

En el pase, en cambio, se está más suelto, aunque condicionado a encarnar el Sinthome: es así, y “hay que hacerse una vida con eso”. Lo que sí hay es un saber hacer mejor con ese movimiento cíclico que supone el goce del vaivén. En mi caso, el pase también supuso que me lanzara a la palabra de una manera más decidida, que me acercara más a una relación entre lo pragmático y lo analítico, entre lo colectivo y lo analítico. Parece paradójico, porque hacer algo de manera colectiva no resulta muy afín al discurso analítico. Sin embargo, los analistas nos asociamos, nos agrupamos. Y en esa unión lo que realmente importa es cómo se organiza el grupo y, especialmente, si da oportunidad al discurso analítico.

Luego del análisis uno se encuentra menos solo: se embarca en transmitir sus testimonios que, para algunos, tendrán una utilidad pública. En lo que a mí respecta, me he dejado enseñar por la interlocución con los colegas, por sus comentarios. La trayectoria de formación continua, a partir de la extracción de aquello que me enseñó la experiencia analítica.

E.C.: Considerando la perspectiva de la Escuela sujeto, ¿cómo piensa la dimensión política del Pase, en tanto experiencia singular que se transforma en colectiva por el propio Pase?

A.M.: En el final, uno se separa de la historia, toca un real, se confronta con el resto lógico de la cura. Y es eso lo que se intenta compartir: la transmisión de los restos, que son mojones que orientan. Al mismo tiempo, se transmite el deseo por el psicoanálisis. En esa instancia se da el pasaje de lo singular a lo colectivo, aun cuando lo singular siempre se mantiene, porque cada uno está solo con aquello que le sirve de causa, y cada quien sabe qué lo pulsiona.

El pase es un dispositivo que contribuye a que el discurso analítico no sea absorbido por la Institución. Esa es la apuesta del pase: el discurso analítico pone en valor lo real, y a cada uno le queda lo real que extrajo de su propio análisis. Pero al mismo tiempo uno se siente parte de un colectivo, de la Escuela, con ese goce propio que es ineliminable. Es con ese irreductible que uno se sumerge en el grupo social y hace lazo.

En mi experiencia, ese paso de lo singular a lo colectivo me hizo sentir más parte de la Escuela, en una línea vincular que liga un deseo articulado a una responsabilidad. Esa ligazón se hace concreta mediante una transferencia que es, a su vez, retransferida al saber de la causa analítica.

E.C.:¿Cómo se restablece el lazo con el Otro una vez que se ha pasado del inconsciente transferencial al inconsciente real? O, para decirlo de otro modo, ¿cómo pasamos de la transferencia al análisis a la transferencia con la causa analítica?

A.M.: En palabras de Miller, se trata de hacer el relato de una buena historia sobre una pasión y, finalmente, después del pase, uno estará animado por la pasión de la causa. Y será así como uno se dirigirá a la Escuela con su incurable, con sus restos sintomáticos, transferenciales.

Como no hay liquidación de la transferencia, o punto cero de la transferencia, quedan restos, que podrán ser usados en el lazo a la Escuela como tratamiento de lo real. Como bien lo señala Miller, la Escuela es un ser ambiguo, que posee alas analíticas y patas sociales. La salida del análisis es una experiencia que implica una articulación entre clínica y política. Y “la experiencia de la Escuela es susceptible de ser psicoanalizada, en tanto es un hecho de transferencia”[1] Es la política de la transferencia de trabajo, ese trabajo que se transfiere a otros, que también retoman el trabajo hecho por uno.

E.C.: Resuena en algo de su experiencia lo que Eric Laurent llamó -respecto del deseo del analista- ‘el duro trabajo de duelar’…? Decía Laurent: “Cuando el analista ‘realiza’ el objeto sin velo que estaba en el fantasma del analizante”.

El trabajo de duelo no sólo fue duro, sino que además fue muy largo. El analista encarnaba muy bien ese objeto con el que hacía lazo: uno era silencioso, otro ruidoso. En sus dos caras, eran parte de esa cadencia respiratoria de la inspiración y la expiración. Al ir vaciando la sustancia que podría haber en el goce del silencio, en el goce del ruido, lo que logré hacer fue otro uso de la voz.

De lo que se trata es de vaciar la sustancia para que quede un funcionamiento, un lugar vacante en el que antes había identificaciones, esas mismas que se sostenían en el lugar del Otro. El analista realiza el objeto sin velo, el objeto que estaba en el analizante: en mi caso, fue en aquel momento que ubiqué en uno de mis testimonios, cuando el analista toma el S1 del goce en su cuerpo, y produce una separación. ¡Un gran momento! Algo de esa presencia viva del analista produce la pantomima de realizar ese objeto sin velo.

En el fantasma, el objeto a pedía sentido. Hacía falta que el analista estuviera soportado en el sin sentido: para representar el acontecimiento de cuerpo me respiraba en la oreja. Antes, la voz del Otro, de manera imperativa, me decía: “Sos mi respiro”. De querer completar al Otro, eso terminó reducido a restos de goce de significantes sin sentido. Que se vacíe el sentido gozado supone dejar de dar al Otro la causa de nuestro deseo. Es la distancia entre el objeto al servicio del fantasma, cuando uno tiene ese delirio interpretativo, cuando el objeto ya no está aliado al fantasma, que no pide más sentido. Su encanto desaparece y la interpretación se apaga. Pero queda allí, inamovible, la persistencia que causa el deseo.


NOTAS

  1. Miller, Jacques-Alain, “La doctrina secreta de Lacan sobre la Escuela” (2000), El Caldero, Política lacaniana, 24, EOL, Buenos Aires, 2015, pp. 2-5.
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