DICIEMBRE|2019
#10
ISSN: 2362-3918
Efectos de transmisión
Entrevista a Elena Levy Yeyati
(AE 2017-2020)

Elena Levy Yeyati

El Caldero: ¿Qué podría Ud. decir de su caso acerca de la continuidad/discontinuidad entre el final de análisis y la demanda de Pase?

Elena Levy Yeyati: La discontinuidad lógica entre el análisis llegado a su fin y el pase está en el principio que reza “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”. Como explica Miller[1], el principio se aplica a aquél que ha llegado al término de una experiencia sostenida por la transferencia. Al no haber auto-análisis la presencia del analista garantizó el trabajo analizante. Una vez que se llega al agotamiento del sujeto supuesto saber, se da por cumplido el tiempo de la transferencia. En ese momento conclusivo se produce una torsión: el analizado ya no tiene quien garantice su acto. Por lo tanto, “el analista no se autoriza sino a sí mismo” significa que el analista, no por autorizar la experiencia analítica, autoriza al analizante a que devenga analista. Su acto lleva implícita una discontinuidad: “sólo se autoriza a sí mismo” y “no autoriza a otro más”.

Mi analista y yo nos conducíamos como guiados rigurosa, casi inflexiblemente, por el principio “el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo”. Me analicé incansablemente durante 16 años, 3 veces por semana (la tercera vez era la del control). El fin de análisis o el pase no eran tema de conversación. Nunca fui pasadora ni leía trabajos sobre el final. Pero en el último año de análisis el final se fue imponiendo: reduje mucho la frecuencia de las sesiones y casi sólo hablaba de temas institucionales o de casos clínicos. El agotamiento de la suposición de saber fue correlativo de un silenciamiento de las formaciones del inconsciente. Además, en el lugar de ese vacío había introducido una tarea relacionada con mi sinthome: me dedicaba a dos importantes trabajos de investigación bibliográfica -de los que hablaba poco y nada en análisis-. El final estuvo signado por la decisión de no abrir más la boca (la demanda de amor, el matiz erotómano de su goce, puede ser interminable). En abril de 2013 dejé a mi analista convencida de que había sido suficiente.

Entre el final del análisis y el pase transcurrieron tres años. En ese período surge la idea del pase, centralmente como un modo de tratar los restos transferenciales, como un medio para poner fin al apego pasional con el analista[2]. Un sentimiento de soledad, al que se agregó ese espantoso dolor de muelas, me acompañó durante ese tramo. La discontinuidad entre la terminación y la presentación al dispositivo es parte del territorio que Miller delimitó como el del inconsciente real[3], donde verifico la separación del Otro.

E.C: Considerando la perspectiva de la Escuela sujeto: ¿cómo piensa la dimensión política del Pase, en tanto experiencia singular que se transformaría en colectiva por el Pase?

E.L.Y: Pienso que equivale a pasar de la espera de cumplimiento de la demanda de amor a la convicción del acto de votar.

“Todo análisis cuya doctrina es terminar en la identificación con el analista revela que su verdadero motor está elidido” ha dicho Lacan. La discontinuidad del pase es como una caída de la tendencia a esa identificación y señala que al final hay que saber deponer la demanda que le dirigimos de nuestra promoción política dentro de la escuela. Eso se vive como una forma de la soledad, a la vez liberadora y aterradora. Si la política es el deseo, en mi caso el deseo de pase significó una apuesta a encontrar alguna solución institucional a la soledad del final. Sólo que, en lugar del Ideal o del líder, supongo un colectivo no homogéneo. No está bien decir “la” escuela como si se tratara de un individuo. La composición (colectiva) de la escuela es fragmentaria. Cada una de sus distintas manifestaciones es efecto de una parcialidad -aunque no podamos indicar muy bien cuáles son las líneas de demarcación de esas partes-. Es un colectivo que no está centrado en un líder (aunque haya más unos, transferencias y preferencias): los votos no son de nadie, se dice. Miller[4] habla de instituir al sujeto supuesto saber de la escuela cuando, al hacer votar en una Asamblea, leemos la respuesta como un oráculo. La etimología de la palabra voto reenvía a deseo, a hacer votos (en el sentido de un compromiso o de expresar una preferencia ante una opción). También en su raíz contiene la idea de vigor, de algo que da fuerza, que hace creer.

E.C: Resuena en algo de su experiencia lo que Eric Laurent llamó, respecto del deseo del analista: ‘el duro trabajo de duelar’…? Decía allí: “Cuando el analista ‘realiza’ el objeto sin velo que estaba en el fantasma del analizante”.

E.L.Y: La idea de Laurent[5] tiene relación con la función del analista, más allá del sujeto supuesto saber, como formando parte del objeto del fantasma y del representante de la pulsión. Esa función termina, debe terminar, porque el analizante se separa del objeto que allí alojaba. Pero separarse ¿cómo? En mi experiencia esto resuena con la neurosis de transferencia, con los vaivenes maníaco-depresivos a propósito del enfrentamiento final, en tanto analizante, con el deseo del analista. Cuando el goce del analista estaba velado por las identificaciones me dirigía a su encuentro con un entusiasmo inédito, quizás desmedido, y el entusiasmo se continuaba a la salida. Cuando, avanzado el análisis, a propósito de mi deseo de promoción como analista, mi analista comenzó a guardar silencios cada más notables me sumía en una angustia que me desvelaba (insomnio). Esa presencia perturbadora del (deseo del) analista me empujaba a proyectar o imaginar una salida que no fuera un acting. Allí ubico el motor, la causa, de un deseo más decidido por la institucionalización del psicoanálisis que implicó, sin embargo, un entusiasmo más calmo. Por eso relaciono este concepto de Laurent con la idea del analista traumático que causa y a la vez atempera el goce.

El duro trabajo (o deseo) de duelar también es consentir en perder las identificaciones, los ideales que configuran la neurosis clínica de cada uno. Siguiendo a Lacan[6], esto supone que el devenido analista ha alcanzado una completa reducción de la función significante a propósito de la pregunta ¿qué eres tú? (en el deseo del Otro). Es el duelo a cuyo alrededor se centra el deseo del analista, donde desaparece como un “sí mismo” (cuya consistencia depende de las identificaciones), donde ya no hay objeto que valga más que otro. Esa especie de interrogación, sostenida infatigablemente por la presencia del analista, tiene una nota sadiana que soportar -de allí su “dureza”-.


NOTAS

  1. Miller J.-A., “Carta sobre el estatuto del psicoanalista” Descartes 1, 1986, pp.9-13.
  2. Miller J.-A., «…la liquidación de la transferencia es una liquidación para… el analista. Con todo el cortejo de afectos que obviamente trae y donde…se inscriben tanto el amor como el odio… ¡pero bendito sea el afecto cuando es indiferencia!», El ultimísimo Lacan, Paidós, 2014, p. 97.
  3. Miller J.-A., Íd.
  4. Miller J-A., “Teoría de Turín acerca del sujeto de la Escuela” Disponible en: http://wapol.org/es/las_escuelas/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=1&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=291&intIdiomaArticulo=1&intPublicacion=10.
  5. Laurent E. Intervención en el XI Congreso de la AMP, 2018.
  6. Lacan J. El seminario. La transferencia. Libro 8. Cap. XXVII “El analista y su duelo”, pp. 435-440.
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